Hace dos semanas cambié mi Ubuntu 7.10 por Fedora 8, basado en Red Hat y no en Gnome como Ubuntu, pero me hablaron bien de Fedora, así que lo instalé a ver qué tal funcionaba en mi MacBook. Después de tenerlo en mi disco duro dos días tuve que sacarlo de ahí rápidamente, ya que me fue imposible manejarme con él, y eso que llevo ya unos años utilizando Ubuntu.
La verdad es que desde que compré el MacBook no uso casi Ubuntu, sólamente para programar, o si me da el venazo jugar con la consola o con el maravilloso entorno gráfico que contiene, con el cuál he deleitado a más de una persona. Ahora uso la mayoría del tiempo Leopard. Nada de Windows, no quiero ni oír hablar de él.
Bueno el caso es que quité Fedora y volví a instalar Ubuntu 7.10 en mi máquina. Pero un amigo me habló de Linux Mint y decidí probarlo. Lo instalé tres veces, no daba problemas durante la instalación, pero cuando lo arrancaba se quedaba cargando el grub y no había forma de entrar en el sistema. Así que decidí usar el live cd para ver qué tal era. Me encantó, y mucho. Me gusta donde está situada la barra, el entorno gráfico es genial, pero por algún motivo que todavía desconozco no había forma de hacerlo arracar. Así que desilusionado de nuevo, probé a instalar de nuevo Fedora 8, para ver si acababa convenciéndome, pero no lo hizo.
De esta forma, estuve todo el domingo por la mañana instalando Ubuntu 7.10, añadiéndole las aplicaciones que suelo utilizar, el avant-window-navigator (Dock en Mac), y arreglando a mi gusto el Compiz Fusion. Además tuve que volver a cambiar los selectores de tercer nivel, instalar las actualizaciones y los plugins. Una faena que no me gusta nada hacer, ya que me resulta desesperante tener que estar sentado delante del ordenador tanto tiempo esperando a que se instale todo. Y menos me gusta si tengo que hacerlo tantas veces en tan poco tiempo.
A partir de esta experiencia, me di cuenta de que no sirvo para ser el “chico” de cualquier empresa cuando acabe la carrera, prefiero dedicarme más a la informática aplicada a la empresa.
Y mi pregunta es la siguiente: ¿Por qué cuando un arquitecto acaba la carrera ya lleva el Don delante de su nombre, y nosotros con una ingeniería también seguimos siendo el “chico”?. Desde luego que las carreras de hoy en día no está para nada bien valoradas.
Podéis contestar a la pregunta en los comentarios, y también podéis criticarme a mí por decir que no he sabido usar Fedora, o que no he sabido instalar Linux Mint.